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La Ciudad del Paraíso desde allí

Atardecía cuando los músicos de la Joven Orquesta Barroca de Andalucía estaban a punto de subir al escenario. Pero nosotros ya estábamos en uno. El Seminario de Málaga es el mejor para sentir la ciudad, en alto, pero sin ser montes, cerca de los pinos, perfecto para que el ruido que no llega de abajo se convierta en música celestial. Y qué mejor que Vivaldi. Sí. Alguien podría pensar que “otra vez, las Cuatro Estaciones”. Pues sí. Porque no son las mismas depende del sitio, de las cuerdas, de los dedos, de que huela en una silla a flores que perfuman la noche, a que estés sentada con tus hijos acordándote de cuando eras como ellos, en un coche, con aquellas cintas con Vivaldi para los viajes y todas las sinfonías de Beethoven.

Atardecía y un chico abrazaba a su novia antes de que ella tocara con delicadeza el violín. Él, en bermudas y peinado con esas rayas de las nuevas peluquerías de caballero y ella de negro, adecuado para dejar salir de sus manos las notas de colores. Al acabar el concierto, aplaudieron a su amiga toda una panda de jovencitos, con orgullo, admirados por la ejecución de una pieza tan alejada del reggaetón. Al margen del concierto, saber que allí arriba, comandados por Barry Sargent, estaba un grupo de casi adolescentes que habían estado encerrados durante días en el Seminario, empapándose de música, ensayando sin tregua, las espaldas curvadas, los dedos rápidos, los ojos en las partituras, a veces cerrados, predisponía el ánimo al disfrute. Porque, aunque los periodistas nos empeñemos en resaltar lo malo, resulta que hay jóvenes en este país que aspiran a lo más alto y no sólo en el deporte. Niños pasando tardes de conservatorio, mientras otros padres se quejan de deberes. Los hay en matemáticas, en debates y, sí, capaces de apreciar la música Barroca. Y, como malagueña, me alegro de que haya sido Esirtu el balón de oxígeno de la Joven Orquesta Barroca de Andalucía.

Llegamos sin mucho tiempo al seminario porque, invadidos por un pesimismo injustificado sobre las inquietudes culturales de la ciudad, pensamos que no habría problema de sitio. Y lo hubo. Se tuvieron que sacar cien sillas más en ese patio con naranjos que resultó tener una acústica perfecta. Todo un acierto el poder disfrutar de las Cuatro Estaciones mientras los gorriones se despedían del día por encima de los árboles, sintiendo que refrescaba conforme llegaba el invierno sólo al  escenario, porque a finales de septiembre, en Málaga, lo que hace es un veroño delicioso.  Un placer comprobar que dos niñas de siete y cinco años aguantaban sentadas en un escalón, pidiéndose ser la chica de las gafas o la que estaba más a la derecha de Barry Sargent. Leyendo el folleto y comprobando que el solista de Cincinatti apenas tenía un año más que mi hijo, sentado a la derecha, cuando se marchó a París, 15 años, a estudiar con Gerard Poulet.

Hubo un momento, un cruce entre Sargent y otro violín –perdón por la ignorancia de la que se acerca a la música clásica desde aquellas cintas en el coche—en el que los ojos se humedecieron sin un pensamiento consciente que lo provocara. Entonces supe por qué Mariano Vergara siempre dice que nada tiene el poder de emocionar de  la música. O por qué Pablo, ante mis querencias ateas, insiste en que sólo un Dios puede habernos dotado de esa capacidad de componer, de ejecutar y de emocionarse con la música. Sólo por eso. Y dudé.

La casualidad hizo que esa noche leyera en casa Ética para Amador, de Fernando Savater. “Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Cuál es la mayor gratificación que puede darnos algo en la vida? (…)Lo máximo que podemos obtener sea de lo que sea es alegría. (…) ¿Qué es la alegría? Un sí espontáneo a la vida que brota desde dentro, a veces cuando menos lo esperamos. Un sí a lo que somos, o mejor, a lo que sentimos ser”. Supe que eso había sentido unas horas antes. Miré a esos niños y deseé que lo sintieran dentro de muchos años. Cuando vayan a un concierto dudando de si merece la pena otra vez Vilvaldi, de nuevo las Cuatro Estaciones, cuando hagan el chiste con la pizza con el mismo nombre. Pues claro que merecerá la pena.

Hubo muchos aplausos pero la orquesta no volvió al escenario. Expliqué a las niñas lo que era un bis. La más pequeña dijo: “Pero es que sólo hay cuatro estaciones, no hay cinco”. Sólo hay cuatro. Todos los años. Y, cada día, de una estación. Todos los días, con sus mañanas. Todas las mañanas del mundo, caminos sin retorno. Que merecen la pena vivir con alegría. Como esa tarde en el Seminario, escenario sobre Málaga que, desde allí, como dijo Mariano Vergara, sí parecía la ciudad del Paraíso. 

Berta González de Vega

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